Pasé 6 años eligiendo a dónde ir según dónde había un baño. Así recuperé mi vida.

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Pasé 6 años eligiendo a dónde ir según dónde había un baño. Así recuperé mi vida.

Escrito por Lucía Herrera · Guadalajara, Jalisco · Lectura de 6 minutos

La primera vez que me pasó, estaba cargando a mi nieta. Me reí de algo que dijo mi hija, y sentí esa tibieza que ninguna mujer quiere sentir en público.

Tenía 52 años. Me fui al baño, me limpié como pude, y volví a la mesa sonriendo como si nada. No le dije a nadie. Ni a mi hija. Ni a mi esposo. A nadie.

Y así empezaron seis años de una vida más chiquita.

Antes y después

Yo no quería una solución médica. Quería volver a reírme sin calcular.

Dejé de ir al mercado los sábados porque está lejos del baño. Dejé de tomar café con mis amigas porque el café «me apura». Empecé a llevar una bolsa más grande, no por moda, sino porque ahí cabían las toallas. Y aprendí a hacer el cálculo que hacemos todas: ¿cuánto tiempo llevo aquí, dónde está el baño más cercano, y me alcanza?

Si estás leyendo esto y se te apretó el pecho, quédate. Esto es para ti.

Primero, algo que nadie me explicó

Tardé cuatro años en enterarme de que lo que me pasaba tiene nombre, tiene tipos, y que le pasa a 1 de cada 3 mujeres después de los 40. Una de cada tres. En mi mesa del café éramos cuatro. Y ninguna decía nada.

Los 4 tipos de pequeños escapes

Los cuatro tipos. Yo era la primera y no lo sabía.

  • Por esfuerzo: al reír, toser, estornudar o levantar algo. El más común, y el mío.
  • Por urgencia: esas ganas que llegan de golpe y no negocian.
  • Por rebosamiento: goteo constante, poquito, todo el día.
  • Mixto: una combinación de los anteriores.

No es una enfermedad rara. No es «que ya estás grande». Es un músculo que se cansó — después de partos, de años, de la vida — y que ya no cierra igual. Ya está. Eso es todo.

Por qué las toallas nunca iban a funcionar

Aquí está el detalle que me hizo enojar cuando lo entendí: las toallas desechables no fueron diseñadas para esto.

Fueron creadas para la menstruación. Para sangre — que es espesa y sale despacio. Lo nuestro es líquido, sale de golpe, y se extiende. Por eso se pasa por los lados. Por eso huele. Por eso se enrolla justo cuando caminas.

Textura de una toalla desechable

Plástico contra la piel, ocho horas al día, todos los días.

Y como las grandes marcas no inventaron nada nuevo, hicieron lo más fácil: le pusieron otra capa de material absorbente encima y le cambiaron el nombre en la caja. Más gruesa. Más caliente. Más plástico. La misma cosa.

Seis años usándolas. Y ni un solo día me sentí seca de verdad.

Todo lo que probé antes (y falló)

Probé los ejercicios de Kegel. Los hice tres meses. Ayudaron un poquito, y luego me ganó la vida y los dejé.

Probé tomar menos agua. Terrible idea: me deshidraté y la orina se concentró tanto que ardía.

Probé doblar toallas, ponerme dos, comprar las «nocturnas» para el día. Probé pantalones oscuros nada más. Probé no reírme fuerte — y esa fue la peor de todas, porque funcionó.

Un día me di cuenta de que llevaba dos años sin reírme a carcajadas. No por tristeza. Por miedo.
Mujer sentada en la cama por la mañana

La mañana en que dejé de pretender que se iba a componer solo.

Lo que mi hija me mandó sin avisar

Fue ella. Un martes me llegó un paquete que yo no había pedido. Adentro venían tres calzones y una nota: «Mamá, pruébalos en casa. Nada más eso.»

Confieso que me molesté. Sentí que me estaba diciendo «ya sé lo tuyo». Y sentí vergüenza de que supiera.

Los dejé en el cajón once días.

El calzón Serenna

Se ven como ropa interior normal. Eso fue lo primero que me desarmó.

Lo que me hizo abrirlos fue una tontería: se me acabaron las toallas un domingo en la noche y no había farmacia cerca. Así que me puse uno. Con desconfianza total, porque eran delgados. Delgados de verdad. «Esto no aguanta nada», pensé.

Ver el calzón que me mandó mi hija →

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Mis 14 días con Serenna

Día 1. Me lo puse para dormir, por si acaso. Me desperté seca. Pensé: suerte.

Día 2. Lo usé en casa, haciendo quehacer. Estornudé dos veces. Nada. Fui al baño a revisar como tres veces, porque no me lo creía.

Día 4. Primera salida. Al súper, 40 minutos. Volví seca, y me di cuenta de que no había buscado el baño con la mirada al entrar. Ni una vez.

Día 7. Lo lavé en la lavadora con la ropa normal, como cualquier calzón. Se secó. Quedó igualito. Ese día entendí que no iba a volver a comprar toallas.

Día 11. Café con mis amigas. Dos horas. Me reí de una historia de Carmen hasta que me dolió la panza. Y no calculé nada. Nada.

Día 14. Tiré el paquete de toallas que me quedaba. No lo guardé «por si acaso». Lo tiré.

Café con amigas

Dos horas de café. Cero cálculos.

Quiero probarlos en casa, como lo hice yo →

Llevas 3, pagas 2 · Si no te convencen, los devuelves

Por qué esto sí funciona cuando nada más funcionó

No es magia, y me tomé el trabajo de entenderlo. El calzón tiene una capa interior — gris, suave, que ni se siente — que hace tres cosas a la vez: jala el líquido hacia adentro, lo atrapa en el centro, y deja la superficie seca contra tu piel. Por eso no sientes humedad. Y por fuera lleva una barrera que no deja pasar nada.

La tela de afuera es una malla micro-perforada que respira. Por eso no huele: el olor viene de la humedad atrapada contra el plástico, y aquí no hay plástico contra tu piel.

No se nota bajo la ropa

Bajo el pantalón, no se marca. Es la pregunta que todas hacemos primero.

«¿Y si no me funciona a mí?»

Es justo lo que yo pensé, así que te contesto lo que a mí me hubiera servido:

«Se ven muy delgados.» Sí. Y esa es exactamente la razón por la que funcionan: es tecnología de absorción, no volumen de relleno. Lo delgado no significa que aguante poco.

«¿Se nota bajo la ropa?» No. Es lo primero que revisé frente al espejo, con pantalón entallado. Se marca menos que una toalla.

«¿Y el olor?» Menos que con desechables, no más. La tela respira.

«¿Cuánto duran?» Los míos llevan meses de lavadas y siguen igual.

«¿Y si de plano no me convence?» Tienes 30 días de garantía. Lo pruebas en tu casa, como me dijo mi hija. Si no, lo devuelves.

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La cuenta que nadie hace

Un día me senté a sacar cuentas y casi me caigo de la silla.

El costo de las toallas desechables

Seis años. Nunca había sumado.

Yo gastaba entre $450 y $650 pesos al mes en toallas y protectores. Son más de $6,000 pesos al año. Por seis años: más de $36,000 pesos. Tirados literalmente a la basura.

Los calzones se compran una vez y duran años. La cuenta se paga sola en el primer mes y medio. Eso sin contar lo que no se cuenta con dinero: los sábados que no fui, las risas que me tragué.

Dejar de tirar el dinero a la basura →

Se paga solo en mes y medio · 2+1 GRATIS

Lo que dicen otras mujeres

Reseña de una clienta

No fui la única que se tardó en probarlos.

Cuando por fin le conté a mis amigas, resultó que dos de las cuatro estaban en las mismas. Seis años calladas, sentadas en la misma mesa. Eso es lo que más coraje me da de todo esto: el silencio.

Con los nietos en el parque

Ahora corro atrás de mis nietos. Sin pensarlo.

Si vas a probarlos, hazlo ahora que hay oferta

Serenna trae una promoción que, honestamente, es la que yo hubiera querido cuando empecé: llevas 3 y pagas 2. Tres es el número correcto, no es un truco para venderte más: uno puesto, uno en la lavadora, uno en el cajón. Así nunca te quedas sin.

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No te tardes seis años como yo

Lo que más me duele no es el dinero. Es que estuve seis años haciéndome chiquita por algo que se resolvía en catorce días.

Nadie me lo dijo. Nadie habla de esto. Por eso escribí todo esto, aunque me dé pena que lo lea gente que me conoce.

Si te reconociste en algo de lo que conté — el cálculo del baño, la bolsa más grande, la risa que te tragas — no esperes. Pruébalos en tu casa. Nada más eso.

Sí, quiero recuperar mi libertad →

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